Los comechotos
Alguien me contó una historia de domingueros pulcros que tienen por costumbre reunirse en los cortijos a comer choto. Es una modalidad deportiva que se apoya en hacer una construcción ilegal para que, con el paso del tiempo, se consolide y parezca que siempre ha estado allí, en mitad del campo.
Una vez superada la primera fase comienza la parte más divertida como es darle utilidad a ese patrimonio surgido en mitad de la naturaleza, mientras la autoridad mira para otra parte. Así al grito de “el domingo comemos choto’ los clanes familiares y las cuadrillas de amigos se concentran en celebrar el día santo de la semana regado de buen vino, cerveza y cubata, y saboreado con un tierno cabritillo.
Una sana costumbre esa de consagrarse a opíparas comidas y jugarse un largo rentoy mientras las mujeres friegan los cacharros.
Y hasta aquí una feliz historia de comechotos que emplean su tiempo ocioso en engullir los manjares que les da la tierra, si no fuera por el pobre choto. Porque el choto lo crió un pastor de cabras que se gana la vida, más que con la leche caprina, con la carne del choto. Y para alimentar su rebaño todos los días saca a las cabras a comer al campo y que críen muchos cabritillos. Y las cabras pastan por donde quieren, incluso por los terrenos que devastó un incendio, quién sabe si provocado por algún dominguero, que replantaron con quinientas plantas de algarrobos, palmitos y acebuches después de recoger las semillas con esmero, sembrarlas en envases de tetrabik reciclado y regarlas durante dos años, un grupo de gente que le gusta ver crecer la vida, a los que les gusta ver crecer el bosque, mientras otros, simplemente son depredadores de choto insolidarios con la naturaleza.
Moraleja: antes de comerte un choto acuérdate de los otros.